Ayer presencié la muerte de uno de mis árboles favoritos. Un gigante luchando contra diez funcionarios de la municipalidad, aferrado por algún motivo a la vida. No estaba armado con motosierras, pero luchaba con las palabras de un viejo sabio.
Palabras que, como de costumbre, no son escuchadas.
Hoy se exhibe su cadáver, troncho choco, palabras al viento, brazos caídos.

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