Me gusta jugar con pedazos de medusas que flotan en el mar, como gelatina dura o como cristal blando, y lanzar esos trozos al agua salada para ver cómo vuelven a flotar y se ve a través de ellos.
Me gusta cantar pedazos de canciones, canciones viejas, de aquellas que han aguantado polvo y paja, de esas que da gusto tocar en la guitarra.
Y ser hasta los dedos libre, andar a pies descalzos, comerme un admirable pedazo de sandía y deshacer el dulzor en la boca, escupir las semillas y hasta tragar algunas. Y vagar, vagabundear por el mundo con la sandía y sus pepas, con lo puesto y sin zapatos, con un pedazo de vida andado y un pedacito de corazón ganado.

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